Zeus decidió que los humanos debían de ofrecerle algo, una especia de impuesto por existir. Quería hacer sus vidas difíciles, así que les pidió la mejor carne de sus animales. Pero Prometeo se puso del lado de los humanos y puso toda la buena carne dentro de un asqueroso intestino, mientras escondió todos los huesos y demás líquidos dentro de una suculenta pieza de carne. Zeus debía elegir entre las dos, y por supuesto, eligió la última. Cuando se dio cuenta de la traición, ya era demasiado tarde. Pero una decisión era una decisión, y ni siquiera Zeus podía cambiarlo. Ahí que de ahí en adelante la gente solo tenían que ofrecerle huesos e intestinos.
¿Pero que debían hacer los humanos con toda esa buena carne y sin nada con lo que cocinar? Prometeo tomo parte de nuevo y robo el fuego de Hefesto para dárselo a los humanos. Cuando Zeus miro a la tierra y vio todas aquellas luces, ordeno a Hefesto que atrapara a Prometeo y lo dejara abandonado en el Cáucaso. Ahí, cada día, un águila iba y se comía su hígado, que se regeneraba cada noche para que se lo volviera a comer al día siguiente. Un castigo bastante horrible…